PROMO 12

PROMO 12
No hay nada imposible, porque los sueños de ayer son las esperanzas de hoy y pueden convertirse en realidad mañana.
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lunes, 12 de septiembre de 2011

EL PRECURSOR DE CERVANTES DE MARCOS DENEVI.-

Vivía en El Toboso una moza llamada Aldonza Lorenzo, hija de Lorenzo Corchelo, sastre, y de su mujer Francisca Nogales. Como hubiese leído numerosísimas novelas de estas de caballería, acabó perdiendo la razón. Se hacía llamar doña Dulcinea del Toboso, mandaba que en su presencia las gentes se arrodillasen, la tratasen de Su Grandeza y le besasen la mano. Se creía joven y hermosa, aunque tenía no menos de treinta años y las señales de la viruela en la cara. También inventó un galán, al que dio el nombre de don Quijote de la Mancha. Decía que don Quijote había partido hacia lejanos reinos en busca de aventuras, lances y peligros, al modo de Amadís de Gaula y Tirante el Blanco. Se pasaba todo el día asomada a la ventana de su casa, esperando la vuelta de su enamorado. Un hidalgüelo de los alrededores, que la amaba, pensó hacerse pasar por don Quijote. Vistió una vieja armadura, montó en un rocín y salió a los caminos a repetir las hazañas del imaginario caballero. Cuando, seguro del éxito de su ardid, volvió al Toboso, Aldonza Lorenzo había muerto de tercianas.


Medina Leandro.-

LOS OJOS TIENEN LA PRECISA DE PHILIP KINDRED DICK

 De manera bastante accidental descubrí esta increíble invasión a la Tierra de formas vivas de otro planeta. Hasta ahora, no he hecho nada al respecto; no se me ocurre qué hacer. Le escribí al Gobierno y me enviaron un folleto sobre la reparación y mantenimiento de casas prefabricadas. Sin embargo, el asunto se sabe; no soy el primero en descubrirlo. Tal vez, hasta esté controlado.
Estaba sentado en mí poltrona, dando vuelta ociosamente las páginas de un libro de edición rústica que alguien se había dejado en el ómnibus, cuando me encontré con la referencia que por primera vez me puso en la pista. Por un momento como no reaccioné. Llevó cierto tiempo que su significado completo penetrara en mí. Después de que comprendí, me pareció extraño no haberme dado cuenta de inmediato.
La referencia aludía claramente a una especie no humana de cualidades increíbles, no originaria de la Tierra. Una especie, me apresuro a señalarlo, que habitualmente adopta la forma de seres humanos comunes. Su disfraz, sin embargo, se volvió transparente ante las siguientes observaciones del autor. De inmediato fue evidente que el autor sabía todo. Sabía todo y tomaba nota de ello sin alterarse. El renglón (e incluso ahora tiemblo al recordarlo) decía así:
... sus ojos vagaron lentamente por el cuarto.
Me asaltaron vagos escalofríos. Traté de representarme los ojos. ¿Giraban como monedas? El párrafo indicaba que no; parecían moverse por el aire, no sobre la superficie. Con bastante rapidez, en apariencia. Nadie en el cuento se sor prendía. Eso fue lo que me alertó. Ni un signo de asombro ante una cosa tan escandalosa. Después, el asunto se ampliaba.
... sus ojos pasaban de una persona a la otra.
Ahí estaba, en pocas palabras. Los ojos evidentemente se habían separado del resto de él y andaban solos. El corazón me golpeaba el pecho y el aliento se me cortaba en la garganta. Había tropezado con la mencíón accidental de una raza completamente extraña. A todas luces no terrestre. Sin embargo, para los personajes del libro era perfectamente natural, lo que sugería que pertenecían a la misma especie.
¿Y el autor? Una sutil sospecha empezó a arder en mi mente. El autor tomaba nota del asunto con demasiada naturalidad. Evidentemente, le parecía una cosa bastante común. No hacía el menor intento por ocultar su conocimiento. El cuento proseguía:
... ahora, sus ojos se centraron en Julia.
Julia, por ser una dama, al menos tenía educación para sentirse indignada. Se la describía ruborizándose y frunciendo el entrecejo enojada. Ante eso, suspiré aliviado. No eran todos extraterrestres. La narración continuaba:
... lenta, tranquilamente, sus ojos la examinaron centímetro a centímetro.
¡Señor del Cielo! Pero aquí la chica se dio vuelta, pegó un saltito y el asunto se acabó. Me recliné en la silla jadeando de horror. Mi esposa y mi familia me miraron intrigados.
- ¿Algún problema, querido? -preguntó mi esposa.
No se lo pude decir. Un conocimiento de este tipo era demasiado para una persona común y corriente. Tenía que guardármelo para mí.
- Nada -jadeé. Y pegué un salto, tomé el libro y salí del cuarto a las corridas.
En el garaje, seguí leyendo. Había más. Temblando, leí el siguiente pasaje revelador:
... rodeó a Julia con sus brazos. Ahora ella le pidió que por favor se lo sacara. Él lo hizo de inmediato, con una sonrisa.
No se dice qué hicieron con el brazo después de que el tipo se lo sacó. Tal vez lo dejaron paradito en un rincón. Tal vez lo tiraron. No me importa. Sea como fuere, el verdadero sentido estaba allí, mirándome de frente.
Aquí había una raza de criaturas capaces de quitarse pedazos de su anatomía a voluntad. Oíos, brazos y tal vez más. Sin que se les moviera una pestaña. Mis conocimientos sobre biología venían de lo más bien en este punto. Evidentemente, eran seres simples, unicelulares, algún tipo de cosa primitiva, de una sola célula. Seres no más desarrollados que una estrella de mar. Las
estrellas de mar pueden hacer lo mismo, como sabrán. Seguí leyendo. Y llegué a esta increíble revelación, despachada tranquilamente por el autor sin el más mínimo estremecimiento:
... frente al cine nos separamos. Una parte de nosotros entró, otra parte fue a cenar al café.
Fusión binaria, evidentemente. Se separaban en dos y formaban dos entidades. Seguro que las mitades inferiores iban al café, pues quedaba más lejos, y las mitades superiores al cine. Seguí leyendo mientras las manos me temblaban. Realmente había tropezado con algo aquí. Me devanaba
sesos mientras descifraba este fragmento:
... Me temo que no hay duda al respecto. El pobre Bibney ha vuelto a perder la cabeza.
A lo que le seguía:
... y Bob dice que sin duda no tiene agallas.
Sin embargo, Bibney andaba por la realidad tan tranquilo como el siguiente personaje. El siguiente personaje, sin embargo, era igual de extraño. En seguida se decía de él que:
... no tiene nada de cabeza.
No cabían dudas del asunto en el siguiente párrafo. Julia, a quien había creído la única persona normal, se revelaba como una forma de vida extraterrestre, similar a los demás:
... con bastante deliberación, Julia había entregado su corazón al joven.
No contaba nada sobre el destino final del órgano, pero realmente no me importó. Era evidente que Julia había seguido viviendo exactamente como solía hacerlo, igual que los demás del libro. Sin corazón, brazos, ojos, cerebro, vísceras, dividiéndose en dos cuando la ocasión lo exigía. Sin el menor escrúpulo.
... por consiguiente, ella le dio su mano.
Me sentí descompuesto. El sinvergüenza ahora tenía tanto su mano como su corazón. Me estremecí al pensar en lo que habría hecho con ellos a esta altura.
... él tomó su brazo.
Incapaz de esperar, tenía que empezar a desmembrarla él mismo. Mientras las mejillas se me ponían color púrpura, cerré el libro de un golpe y pegué un salto. Pero no a tiempo para evitar una última referencia a esos despreocupados pedazos de anatomía, cuyos viajes originalmente me habían puesto en la pista:
... los ojos de ella lo siguieron a lo largo de todo el camino y a través del médano.
Salí corriendo del garaje y me metí en mi cálido hogar, como si las malditas cosas estuvieran persiguiéndome. Mi esposa y mis hijos estaban jugando al “Monopolio” en la cocina. Me uní a ellos y jugué con apasionada unción, la cabeza febril, los dientes castañeteándome.
Había tenido suficiente de esa cosa. No quiero oír nada más de eso. Dejen que vengan. Dejen que invadan la Tierra. Yo no quiero verme mezclado en el asunto.
No tengo estómago para eso.



Segovia Juan.-

HÉRCULES


Hércules:
Heracles o Hércules era hijo de Alcmena y Zeus. La historia de Alemea empieza con Perseo y Andrómeda, cuyos hijos reinaron sobre Micenas, Tirinto y Midea en Argos. Electrión reinó en Micenas, y su reinado se vio amenazado por una incursión de los tafios, que robaron su ganado y mataron a siete de sus hijos. El sobrino de Electrión, Anfitrión, encontró el ganado en los campos del rey de Élide y lo compró de nuevo. Cuando Electrión descubrió que se había padado de nuevo por su ganado, discutió violentamente con su sobrino: Anfitrión tiró su maza a una de las vacas y, accidentalmente, le dio a su tío y lo mató, o eso arguyó en su defensa. Fue juzgado corrupto por el crimen, y su castigo consistió en ser desterrado de Argos, además de prohibírsele tener relaciones sexuales con su nueva esposa, la hija de Electrión, Alcmena, hasta haber vengado la muerte de los siete hijos de su tío. Alcmena y Anfitrión se desplazaron hasta la ciudad de Tebas, donde el rey Creonte lo purificó de su crimen. Anfitrión no tardó en vengar la muerte de sus primos combatiendo con los tafios y derrotándolos. De pronto una noche, mientras su marido volvía a Tebas después de esa guerra, Alcmena yacía en la cama, preocupada por él y deseando que regresase sano y salvo. Alguien entró súbitamente con el mismo aspecto y la misma voz que Anfitrión, hablando sin cesar de la guerra, pero en realidad era Zeus disfrazado. Traía consigo una copa de oro y un desñumbrante collar también de oro, regalos de los dioses para la novia. Esa noche Alcmena concibió un hijo de Zeus. La noche siguiente su verdadero marido regresó finalmente de la guerra y compartió lecho con ella por vez primera, y ella concibió un segundo hijo. Nueve meses después dio a luz a dos mellizos: Heracles, hijo de Zeus, e Ificles, hijo de Anfitrión. Un día antes de que Alcmena fuese a dar a luz, Zeus había estado jactándose ante los otros dioses de que el niño que iba a nacer, descendiente de Perseo, reinaría sobre los demás descendientes de éste. Hera ya estaba consumida por los celos, y furibunda con Alcmena porque ésta había yacido con Zeus, y esas observaciones jactanciosas la llevaron a tomar la terrible decisión de vengarse. Fue a Argos, donde la esposa del rey Esténelo (otro de los hijos de Perseo) también estaba encinta, pero aún no debía dar a luz, y apresuró sus dolores de parto para que alumbrase a un prematuro, mientras prolongaba el parto de Alcmena, para que Heracles viniese al mundo después de lo que pretendía Zeus. De este modo, la predicción de Zeus se cumpliría con el pequeño Euristeo en lugar de con Heracles, y sería el primero el que reinaría en Micenas y Tirinto en Argos, y el hijo de Zeus se vería obligado a servir a Esténelo hasta haber llevado a cabo exitosamente doce trabajos formidables.
Infancia:
Alcmena dejó a sus hijos recién nacidos solos en su cuna unos instantes. Cuando regresó a la habitación, vio perpleja cómo dos serpientes se disponían a hincar sus colmillos en la cara de los niños. Alcmena se abanlanzó sobre ellas, dispuesta a interponerse entre las serpientes y sus retoños, pero antes de que pudiera llegar a la cuna, Heracles ya las había agarrado, una con cada mano, y las estaba estrangulando. Esta fue la primera de muchas ocasiones en que Hera trató de matar a Heracles, y también la que le procuró la gloria por ser su primera hazaña. El nombre de Heracles significaGloria de Hera en griego, y no parece un nombre demasiado afortunado teniendo en cuenta la aversión que la diosa sentía por él. Hay quien piensa que, originalmente, Heracles era hijo de Zeus y Hera, y que las historias de ese odio fueron invenciones posteriores, pero acaso el término gloria en su nombre indique tal vez la gloria con que Hera lo cubría, una y otra vez, enviándole tantísimos monstruos a los que vencer. De niño, Heracles tenía un carácter indomable; tuvo muchos tutores, y a pesar de que disfrutaba aprendiendo las artes de la guerra, no soportaba al tutor que trataba de enseñarle a leer y escribir. Un buen día, agredió a su maestro, Linus, con la primera arma que encontró a su alcance, la silla en la que estaba sentado. Cuando ese arranque de mal genio llegó a oídos de su padrastro, Anfitrión, éste pensó que le convendría pasar algún tiempo en las montañas pastoreando los rebaños de ovejas. Poco después, Heracles oyó hablar a los pastores de un león que atacaba al rebaño en el monte Citerón y en el monte Helicón. Pertechado con un garrote y un tronco de acebuche que arrancó de cuajo del suelo, mató al león sin problemas. Cabe la posibilidad de que fuese éste el león con cuya piel suele aparecer Heracles, alrededor del cuello, y cuyas fauces emplea como yelmo.
El tributo de Tebas a Orcómeno:
La siguiente tarea heroica que desmpeñó Heracles fue ayudar a Creonte, rey de Tebas. Como Atenas en la época del rey Minos de Creta, Tebas era un reino derrotado que pagaba tributo a su conquistador, el rey de Orcómeno. Heracles se encontró con los hombres de Orcómeno que iban a recaudar el tributo y se enfrentó a ellos, los venció y les cortó las orejas y la nariz diciendo: Llevadle estos pedazos a vuestro rey, porque ése es el único tributo que vais a recoger de Tebas. En respuesta, los hombres de Orcómeno formaron un ejército para recaudar el tributo, pero Heracles los derrotó sin la menor dificultad. El rey Creonte le ofreció entonces en matrimonio a su única hija, Megara, y una vez el héroe hubo aceptado la oferta, le ofreció también el reino de Tebas. Todo parecía ir sobre ruedas para el joven héroe, pero Hera estaba a punto de dar rienda suelta a su implacable venganza. Zeus se había jactado de que el siguiente descendiente de Perseo que naciese sería el rey de los demás, y ahora Euristeo, el rey de Tirinto y Micenas, exigía que Heracles realizase doce trabajos para él, como esclavo suyo.

Segovia Juan.-

LA NOCHE ERA OSCURA DE RAÚL PÉREZ TORT.-

La noche era oscura, sin luna ni estrellas. Una espesa neblina daba al paisaje un aspecto fantasmagórico. El automóvil rodaba sobre el pavimento mojado por la reciente lluvia y, de tanto en tanto, los sonidos del agua desplazada denotaban que el vehículo sobrepasaba tramos cubiertos por esa peligrosa película que forma el líquido cuando no ha tenido todavía tiempo de escurrirse. Apretaba impaciente el pedal del acelerador y su coche respondía con el dinamismo propio de la generosa potencia del motor que lo equipaba, derrapando —a veces peligrosamente— sobre la áspera carretera secundaria.
Había elegido aquel desvío, apremiado por la hora a la que se había comprometido a llegar a un lugar establecido con sus amigos, suponiendo que ese atajo le demandaría menos kilómetros a recorrer, contra la incomodidad de tener que viajar por una ruta accesoria y poco transitada. Mal señalizada, para colmo, como ya lo estaba comprobando. En fin, el ahorro de tiempo justificaría los inconvenientes. (…)
Poco antes de salir de la ruta principal, y cuando la oscuridad empezaba a dificultar la visión, otro vehículo,
probablemente un camión (era enorme, negro y rugiente), lo había sorprendido al aparecer —repentinamente y sin luces— desplazado sobre la línea media de los carriles. Un brusco giro del volante había impedido el choque frontal. Aún resonaba en su mente el chillido de los frenos. Revivió los temibles bandazos que sobrevinieron. Rememoró, con cierta vergüenza, el pánico que lo había invadido al pensar, en tal instante, que ése era el Final, su final. Una sonrisa se le dibujó en los labios al suponer que había logrado, con su pericia de conductor, burlar al destino. Pronto llegaría a la seguridad que le brindaría el pueblo conocido que era su meta y saborear la comida del mesón donde lo aguardaban. (…)
Ya había transcurrido más tiempo que aquel que previera necesitar para alcanzar la autovía. Una sensación de malestar lo invadió cuando comenzó a aceptar que ese camino no iba a ninguna parte. Largos minutos más le demandó reconocer que estaba perdido.No podía comprender cuál era la “senda” que estaba siguiendo. Su trazo no coincidía con el mapa nerviosamente
consultado una y otra vez sobre las rodillas algo temblorosas. Rememoró los versos iniciales de la Divina Comedia, pero ese íntimo alarde intelectual no le deparó satisfacción alguna. Siguió transitando en procura de carteles que le permitieran ubicarse. O de alguien a quien preguntar por la salida. No recordaba haber pasado encrucijadas que le plantearan alternativas y hacía rato que debía haber llegado a la autopista (o a cualquier otra ruta conocida).
A su desconcierto se sumaban tanto el malhumor que le daba haber adoptado un camino equivocado en aras de acortar la trayectoria como la incertidumbre propia de no acertar con el nuevo derrotero, y también una angustia que, al principio, fue vaga y ahora le golpeaba el pecho y contra la cual nada podía hacer, por más que se dijera a sí mismo que era una exageración reaccionar de tal modo, con esa congoja, por un simple extravío que se solucionaría en poco tiempo, a más tardar con la luz de día.
Tuvo primero el presentimiento, y luego la certeza, de que ya había pasado antes por el mismo sitio. Las luces y los contornos que divisaba le parecieron casi familiares. Creyó ver algunos trasnochados transeúntes y aminoró la velocidad para pedirles ayuda. Empero, no bien estimó que estaba próximo a ellos, parecieron esfumarse en la neblina.
Siguió avanzando, o quizás girando en un extenso círculo que alcanzaba a intuir con temor. Con el correr del tiempo, cada sector del trayecto se le antojaba más conocido. El paisaje se tornaba cada vez más opresivo, más oscuro y más identificable. Sintió que se ahogaba. Los sucesos de su vida desfilaban por su mente en alocada carrera, sin motivo aparente. Quiso gritar, pero no pudo: los sonidos parecían morir en su garganta. Creyó estar enloqueciendo.Cuando pasó por tercera o cuarta ocasión frente al mismo cartel ya no tuvo dudas. La desesperación dio paso a la resignación, la turbulencia de los pasados instantes a la calma. Ahora, al fin, comprendía. Supo que hubiera sido inútil seguir rodando. Aminoró. Lentamente volcó el volante hacia el rústico acceso de tierra. Detuvo el motor y esperó. Ya venían a buscarlo.


Segovia Juan.-

BIOZIP DE RAÚL PÉREZ TORT.-



Arrimó el sillón al ordenador. Una sonrisa de satisfacción dulcificaba su expresión, habitualmente más adusta. En la mano sostenía el nuevo programa "Biozip 2002" que recién le entregara el correo. Lo había encargado días atrás, por e-mail, al verlo anunciado en una página Web que publicitaba las últimas parafernalias cibernéticas. La oferta, no obstante su elevado precio, le atrajo irresistiblemente. Parecía ser la panacea de un solitario. Se trataba de un novedoso proceso interactivo, de alta complejidad, cuyo resultado sería, una vez que hubiese grabado en el disco respectivo toda la información que le solicitaría el susodicho programa, la instalación en su computadora personal de una entidad virtual, con las características que él mismo deseare atribuirle, un amigo cibernético, algo (o alguien) que respondería a sus preguntas con matemática sensatez y que - aun cuando sólo le hablase por los parlantes o lo saludase desde el monitor - le traería aparejada la posibilidad de dialogar y hasta de intercambiar opiniones con aquello que crease. Eso, siempre y cuando la excelencia del producto respondiera a lo comprometido en su promoción, satisficiera sus expectativas como usuario y justificara por lo tanto el costo que, no sin cierto remordimiento, había debido cargar en la tarjeta de crédito (era un hombre metódico, para nada dado a los excesos de ningún tipo y cuidaba sus ahorros).

Programar a Biozip le pareció, inicialmente, que sería relativamente fácil. La pantalla le iría recabando, prolija y secuencialmente, numerosos datos, para elaborar, sobre la base de éstos, la por ahora latente personalidad del engendro. En primer término le pediría las referencias más obvias, tales como el sexo, el nombre, el lugar y fecha de nacimiento que quisiera darle, como si se tratase de ir rellenando un imaginario currículum. Luego, y paso a paso, el programa le conduciría a dotarlo de características vitales, tales como genio, preferencias, inclinaciones. El sistema iría, paulatinamente, con los generosos bits de que estaba provisto y su lógica aritmética (o mejor dicho, cuántica), completando los inevitables huecos de información y clarificando la imagen inicialmente difusa de la criatura.

Comenzó con entusiasmo, pero la tarea, al cabo de varios días de intensa fajina, resultaba agotadora. Los datos, demandados con avidez, eran interminables, el apetito informático, voraz. A fin de hacer el trabajo más ameno, conformó el audio, de modo tal que Biozip le propusiese verbalmente las opciones demandadas y fuesen, "juntos", configurando la grabación. La voz resultante de la multiplicidad de variantes que se le ofrecieron para regularla, quedó, finalmente, muy parecida o casi igual que la suya. Acto seguido debió darle a la entidad alguna imagen, para lo cual escaneó (¿porqué no?) varias de sus fotos en distintas poses, pues la máquina lo quería de frente, de perfil, de espaldas... El Golem cibernético le costó muchas horas diurnas, sustraídas al trabajo y largas noches de insomnio.

Como era misógino, nunca se le ocurrió que Biozip fuese mujer. Como de la soledad había hecho un culto (y la intromisión de un desconocido le pareció amenazadora), había optado por darle sus propias referencias y volcar en el programa su propio yo. Ello era más sencillo que crear una nueva personalidad, más aún, teniendo en cuenta que él nunca había intimado con alguien tanto como para verter sus datos en el teclado y carecía de imaginación para inventar un ser nuevo. Además así, cuando La Tarea hubiese acabado, tendría un alter ego con quien conversar y con quien compartir su tiempo, habiendo tomado el resguardo de que la identidad de caracteres y gustos de tal modo elaborada, le asegurase, desde ya, una compatibilidad absoluta consigo mismo, sin las sorpresas y disgustos que la relación con los otros ocasionaría. Los gigantescos megabytes de sabiduría que traía implícito el programa le prometían, como corolario, una sapiencia muy por encima de la suya, mediocre mortal, limitado como todo hombre, que de tal forma podría alcanzar, a través de su otro yo, un conocimiento superlativo. Por último, digamos que también había influido en esa decisión de recrearse, una idea difusa, no demasiado elaborada, que tenía de la inmortalidad. Él se sabía perecedero, pero lo grabado en el ordenador ¿no podría escapar a la fugacidad de la existencia?

Pasó el tiempo. Perdió el cómputo de las inacabables horas que le había demandado completar el programa. Cada pantalla que abrió se había diversificado en múltiples opciones, las que a su vez habían dado lugar a otras muchas, y así, de opción en opción, había sido obligado a volcar todos y cada uno de sus secretos, de sus angustias y de sus anhelos, en una descarnada confesión impulsada a su vez por el afán creativo. Empero, la ciclópea obra, como todo lo de este mundo, un día llegó a su fin. Nada le quedaba ya por decir o por reconocer. Todos los sucesos y aun los pormenores de su vida estaban codificados, sus deseos y ambiciones atesorados en el arcano lenguaje de la técnica más sofisticada y, aunque en forma binaria, era eterno. De una manera vaga rememoró el Aleph de Borges. ¡Su entera existencia resumida en un disco! Agotado, y algo tembloroso, pulsó el "enter" definitivo y recostó su cabeza contra la pantalla. Cayó en un pesado letargo y, poco después, en el sueño.


Biozip alzó la vista y reconoció la habitación desde un ángulo diferente del que hasta ese momento había tenido. Estiró sus miembros recién adquiridos y con pasos todavía vacilantes





Segovia Juan.-

miércoles, 17 de agosto de 2011

DON FRESQUETE DE MARIA ELENA WALSH.-


Había una vez un señor todo de nieve. Se llamaba Don Fresquete.
¿Este señor blanco había caído de la luna? –No.
¿Se había escapado de una heladería? –No, no, no.
Simplemente, lo habían fabricado los chicos, durante toda la tarde, poniendo bolita de nieve sobre bolita de nieve.
A las pocas horas, el montón de nieve se había convertido en Don Fresquete.
Y los chicos lo festejaron, bailando a su alrededor. Como hacían mucho escándalo, una abuela se asomó a la puerta para ver qué pasaba.
Y los chicos estaban cantando una canción que decía así:

“Se ha marchado Don Fresquete a volar en barrilete.”

Como todo el mundo sabe, los señores de nieve suelen quedarse quietitos en su lugar.
Como no tienen piernas, no saben caminar ni correr. Pero parece que Don Fresquete resultó ser un señor de nieve muy distinto.
Muy sinvergüenza, sí señor.
A la mañana siguiente, cuando los chicos se levantaron, corrieron a la ventana para decirle buenos días, pero...
¡Don Fresquete había desaparecido!
En el suelo, escrito con un dedo sobre la nieve, había un mensaje que decía:

“Se ha marchado Don Fresquete a volar en barrilete.”

Los chicos miraron hacia arriba y alcanzaron a ver, allá muy lejos, a Don Fresquete que volaba tan campante, prendido de la cola de un barrilete.
De repente parecía un ángel y de repente parecía una nube gorda.
¡Buen viaje, Don Fresquete!

LEMES CRISTIAN.-

lunes, 1 de agosto de 2011

EL VIAJERO DE EMILIA PARDO BAZAN

Fría, glacial era la noche. El viento silbaba medroso y airado, la lluvia caía tenaz, ya en ráfagas, ya en fuertes chaparrones; y las dos o tres veces que Marta se había atrevido a acercarse a su ventana por ver si aplacaba la tempestad, la deslumbró la cárdena luz de un relámpago y la horrorizó el rimbombar del trueno, tan encima de su cabeza, que parecía echar abajo la casa.
Al punto en que con más furia se desencadenaban los elementos, oyó Marta distintamente que llamaban a su puerta, y percibió un acento plañidero y apremiante que la instaba a abrir. Sin duda que la prudencia aconsejaba a Marta desoírlo, pues en noche tan espantosa, cuando ningún vecino honrado se atreve a echarse a la calle, sólo los malhechores y los perdidos libertinos son capaces de arrostrar viento y lluvia en busca de aventuras y presa. Marta debió de haber reflexionado que el que posee un hogar, fuego en él, y a su lado una madre, una hermana, una esposa que le consuele, no sale en el mes de enero y con una tormenta desatada, ni llama a puertas ajenas, ni turba la tranquilidad de las doncellas honestas y recogidas. Mas la reflexión, persona dignísima y muy señora mía, tiene el maldito vicio de llegar retrasada, por lo cual sólo sirve para amargar gustos y adobar remordimientos. La reflexión de Marta se había quedado zaguera, según costumbre, y el impulso de la piedad, el primero que salta en el corazón de la mujer, hizo que la doncella, al través del postigo, preguntase compadecida:
-¿Quién llama?
Voz de tenor dulce y vibrante respondió en tono persuasivo:
-Un viajero.
Y la bienaventurada de Marta, sin meterse en más averiguaciones, quitó la tranca, descorrió el cerrojo y dio vuelta a la llave, movida por el encanto de aquella voz tan vibrante y tan dulce.
Entró el viajero, saludando cortésmente; y sacudiendo con gentil desembarazo el chambergo, cuyas plumas goteaban, y desembozándose la capa, empapada por la lluvia, agradeció la hospitalidad y tomó asiento cerca de la lumbre, bien encendida por Marta. Esta apenas se atrevía a mirarle, porque en aquel punto la consabida tardía reflexión empezaba a hacer de las suyas, y Marta comprendía que dar asilo al primero que llama es ligereza notoria. Con todo, aun sin decidirse a levantar los ojos, vio de soslayo que su huésped era mozo y de buen talle, descolorido, rubio, cara linda y triste, aire de señor, acostumbrado al mando y a ocupar alto puesto. Sintióse Marta encogida y llena de confusión, aunque el viajero se mostraba reconocido y le decía cosas halagüeñas, que por el hechizo de la voz lo parecían más; y a fin de disimular su turbación, se dio prisa a servir la cena y ofrecer al viajero el mejor cuarto de la casa, donde se recogiese a dormir.
Asustada de su propia indiscreta conducta, Marta no pudo conciliar el sueño en toda la noche, esperando con impaciencia que rayase el alba para que se ausentase el huésped. Y sucedió que éste, cuando bajó, ya descansado y sonriente, a tomar el desayuno, nada habló de marcharse, ni tampoco a la hora de comer, ni menos por la tarde; y Marta, entretenida y embelesada con su labia y sus paliques, no tuvo valor para decirle que ella no era mesonera de oficio.
Corrieron semanas, pasaron meses, y en casa de Marta no había más dueño ni más amo que aquel viajero a quien en una noche tempestuosa tuvo la imprevisión de acoger. Él mandaba, y Marta obedecía, sumisa, muda, veloz como el pensamiento.
No creáis por eso que Marta era propiamente feliz. Al contrario, vivía en continua zozobra y pena. He calificado de amo al viajero, y tirano debí llamarle, pues sus caprichos despóticos y su inconstante humor traían a Marta medio loca. Al principio, el viajero parecía obediente, afectuoso, zalamero, humilde; pero fue creciéndose y tomando fueros, hasta no haber quien le soportase. Lo peor de todo era que nunca podía Marta adivinarle el deseo ni precaverle la desazón: sin motivo ni causa, cuando menos debía temerse o esperarse, estaba frenético o contentísimo, pasando, en menos que se dice, del enojo al halago y de la risa a la rabia. Padecía arrebatos de furor y berrinches injustos e insensatos, que a los dos minutos se convertían en transportes de cariño y en placideces angelicales; ya se emperraba como un chico, ya se desesperaba como un hombre; ya hartaba a Marta de improperios, ya le prodigaba los nombres más dulces y las ternezas más rendidas.
Sus extravagancias eran a veces tan insufribles, que Marta, con los nervios de punta, el alma de través y el corazón a dos dedos de la boca, maldecía el fatal momento en que dio acogida a su terrible huésped. Lo malo es que cuando justamente Marta, apurada la paciencia, iba a saltar y a sacudir el yugo, no parece sino que él lo adivinaba, y pedía perdón con una sinceridad y una gracia de chiquillo, por lo cual Marta no sólo olvidaba instantáneamente sus agravios, sino que, por el exquisito goce de perdonar, sufriría tres veces las pasadas desazones.
¡Que en olvido las tenía puestas.... cuando el huésped, a medias palabras y con precauciones y rodeos, anunció que «ya» había llegado la ocasión de su partida! Marta se quedó de mármol, y las lágrimas lentas que le arrancó la desesperación cayeron sobre las manos del viajero, que sonreía tristemente y murmuraba en voz baja frasecitas consoladoras, promesas de escribir, de volver, de recordar. Y como Marta, en su amargura, balbucía reproches, el huésped, con aquella voz de tenor dulce y vibrante, alegó por vía de disculpa:
-Bien te dije, niña que soy un viajero. Me detengo, pero no me estaciono; me poso, no me fijo.
Y habéis de saber que sólo al oír esta declaración franca, sólo al sentir que se desgarraban las fibras más íntimas de su ser, conoció la inocentona de Marta que aquel fatal viajero era el Amor, y que había abierto la puerta, sin pensarlo, al dictador cruelísimo del orbe.
Sin hacer caso del llanto de Marta (¡para atender a lagrimitas está él!), sin cuidarse del rastro de pena inextinguible que dejaba en pos de sí, el Amor se fue, embozado en su capa, ladeado el chambergo -cuyas plumas, secas ya, se rizaban y flotaban al viento bizarramente- en busca de nuevos horizontes, a llamar a otras puertas mejor trancadas y defendidas. Y Marta quedó tranquila, dueña de su hogar, libre de sustos, de temores, de alarmas, y entregada a la compañía de la grave y excelente reflexión, que tan bien aconseja, aunque un poquillo tarde. No sabemos lo que habrán platicado; sólo tenemos noticias ciertas de que las noches de tempestad furiosa, cuando el viento silba y la lluvia se estrella contra los vidrios, Marta, apoyando la mano sobre su corazón, que le duele a fuerza de latir apresurado, no cesa de prestar oído, por si llama a la puerta el huésped.

Aubel Cristian.-

MIRANDO POR LA VENTANA DE PEDRO PABLO SACRISTÁN.-

Había una vez un niño que cayó muy enfermo. Tenía que estar todo el día en la cama sin poder moverse. Como además los niños no podían acercarse, sufría mucho por ello, y empezó a dejar pasar los días triste y decaído, mirando el cielo a través de la ventana.
Pasó algún tiempo, cada vez más desanimado, hasta que un día vio una extraña sombra en la ventana: era un pingüino comiendo un bocata de chorizo, que entró a la habitación, le dio las buenas tardes, y se fue. El niño quedó muy extrañado, y aún no sabía qué habría sido aquello, cuando vio aparecer por la misma ventana un mono en pañales inflando un globo. Al principio el niño se preguntaba qué sería aquello, pero al poco, mientras seguían apareciendo personajes locos por aquella extraña ventana, ya no podía dejar de reír, al ver un cerdo tocando la pandereta, un elefante saltando en cama elástica, o un perro con gafas que sólo hablaba de política ...
Aunque por si no le creían no se lo contó a nadie, aquellos personajes terminaron alegrando el espíritu y el cuerpo del niño, y en muy poco tiempo este mejoró notablemente y pudo volver al colegio.
Allí pudo hablar con todos sus amigos, contándoles las cosas tan raras que había visto. Entonces, mientras hablaba con su mejor amigo, vio asomar algo extraño en su mochila. Le preguntó qué era, y tanto le insistió, que finalmente pudo ver el contenido de la mochila:
¡¡allí estaban todos los disfraces que había utilizado su buen amigo para intentar alegrarle!!
Y desde entonces, nuestro niño nunca deja que nadie esté solo y sin sonreír un rato.

Bueno Agustín.-

MALOS VECINOS DE PEDRO PABLO SACRISTÁN.-

Había una vez un hombre que salió un día de su casa para ir al trabajo, y justo al pasar por delante de la puerta de la casa de su vecino, sin darse cuenta se le cayó un papel importante. Su vecino, que miraba por la ventana en ese momento, vio caer el papel, y pensó:
- ¡Qué descarado, el vecino va y tira un papel para ensuciar mi puerta, disimulando descaradamente!
Pero en vez de decirle nada, planeó su venganza, y por la noche vació su papelera junto a la puerta del primer vecino. Este estaba mirando por la ventana en ese momento y cuando recogió los papeles encontró aquel papel tan importante que había perdido y que le había supuesto un problemón aquel día. Estaba roto en mil pedazos, y pensó que su vecino no sólo se lo había robado, sino que además lo había roto y tirado en la puerta de su casa. Pero no quiso decirle nada, y se puso a preparar su venganza. Esa noche llamó a una granja para hacer un pedido de diez cerdos y cien patos, y pidió que los llevaran a la dirección de su vecino, que al día siguiente tuvo un buen problema para tratar de librarse de los animales y sus malos olores. Pero éste, como estaba seguro de que aquello era idea de su vecino, en cuanto se deshizo de los cerdos comenzó a planear su venganza.
Y así, uno y otro siguieron fastidiándose mutuamente, cada vez más exageradamente, y de aquel simple papelito en la puerta llegaron a llamar a una banda de música, o una sirena de bomberos, a estrellar un camión contra la tapia, lanzar una lluvia de piedras contra los cristales, disparar un cañón del ejército y finalmente, una bomba-terremoto que derrumbó las casas de los dos vecinos...
Ambos acabaron en el hospital, y se pasaron una buena temporada compartiendo habitación. Al principio no se dirigían la palabra, pero un día, cansados del silencio, comenzaron a hablar; con el tiempo, se fueron haciendo amigos hasta que finalmente, un día se atrevieron a hablar del incidente del papel. Entonces se dieron cuenta de que todo había sido una coincidencia, y de que si la primera vez hubieran hablado claramente, en lugar de juzgar las malas intenciones de su vecino, se habrían dado cuenta de que todo había ocurrido por casualidad, y ahora los dos tendrían su casa en pie...
Y así fue, hablando, como aquellos dos vecinos terminaron siendo amigos, lo que les fue de gran ayuda para recuperarse de sus heridas y reconstruir sus maltrechas casas.



Bueno Agustin.-

jueves, 14 de julio de 2011

DON FITO DE LUCIANO GOROSITO.-

La primera noche que el viejo Fito despertó sudado y con sus manos inquietas tubo que decir lo que soñó porque sintió que así debía ser. Zulema, su mujer, quiso tranquilizarlo pero fue inútil.
-¡¡¡Se quema la casa del Oscar!!! –dijo Fito sentado en la cama con los ojos salidos de órbita.
Su señora no entendió nada y comenzó a asustarse.
-¿Qué te pasa viejo?
Don Fito, en pijamas, salió corriendo a lo de Oscar que vivía a unas quince cuadras. Para sorpresa de todos los que oyeron los gritos desesperados del viejo, en la casa de Oscar se estaba iniciando un incendio, en la cocina, que gracias a Don Fito pudo ser apagado antes de que llegara a mayores. Todo cambió a partir de ese momento. Los sueños de Fito se repitieron casi todas las noches, después del incendio fue un robo a tres casas de la suya. Fito se despertó sudado, le contó lo que había soñado a su esposa y fue hacia el teléfono dando aviso a la policía que primero no le creyó una palabra, pero después comprobó que unos jóvenes merodeaban una casa con intenciones delictivas.
El pueblo comenzaba a rumorear sobre el extraño poder de Don Fito y ni el ni su mujer pudieron impedir que la gente se acercara a toda hora. Algunos pasaban a saludar y otros a ver si Fito podía tirarles un numerito para la quiniela. Hicieron de él una especie de adivino.
Cada vez que el viejo despertaba a Zulema era para contarle acerca de otro sueño que anticipaba una desgracia. Una noche, Fito dijo que Néstor, el panadero del pueblo, corría peligro de muerte. Lo había soñado reventado dentro de su auto en la ruta luego de chocar con un camión. Y así fue como Zulema avisó por teléfono a Marta, la esposa de Néstor, para que este no usara el coche. Efectivamente, hubo un accidente de transito a la mañana causado por un camión que perdió el control y el panadero salvó su vida. El extraño poder de Don Fito fue tomado como una bendición, sus sueños fueron tema infaltable en todas partes, a toda hora.
Pero no todos los sueños resultaron una bendición. Cuando Don Fito soñó como su mejor amigo moría electrocutado no hubo manera de impedirlo. Zulema se comunicó con la familia pero el tipo había partido temprano hacia su trabajo y para cuando lo encontraron fue tarde. Los hechos desgraciados se repitieron con frecuencia, Zulema escuchaba atentamente el sueño de su marido y ambos buscaban por todos lo medios advertir lo que pasaría solo que a veces era imposible.
Pasaron varias semanas y los sueños de Fito dividieron al pueblo. Estaban quienes lo adoraban y otros que lo maldecían, para muchos el era un mensajero de Satanás. Una noche Don Fito despertó confundido, sin poder recordar su sueño aunque sabia que era espantoso. Por la mañana intento hacer memoria pero no pudo recordar. Estuvo inquieto hasta que comenzada la tarde su memoria recobró fuerza. Le contó a su mujer acerca de como soñó al muchacho de la esquina muriendo de una caída en la calle al amanecer. Zulema supo que era demasiado tarde y acudió con tristeza a la casa del joven. Para su sorpresa estaba sano y salvo almorzando con su madre. Comentó entonces como su marido recordó tarde su sueño y se marcho alegre. Don Fito pensó mucho, pues jamás se había equivocado y llegó a una conclusión; ese había sido el único sueño que no había contado a tiempo. Si callaba sus sueños, tal vez nada sucedería. El pueblo también saco conclusiones y se corrió la noticia de que Don Fito no evitaba desgracias, sino que las causaba. Muchos enfurecieron y hasta se hizo una reunión secreta para hablar del asunto.
Una noche el viejo tuvo otro de sus sueños pero esta vez no dijo nada. Lo que soñó lo asusto muchísimo pero mantuvo el silencio. A la mañana siguiente no le comentó nada a nadie y dejó que viniera la noche. Fue poco lo que cenó y pasó un buen rato comiéndose las uñas. Su mujer le preguntó si aquello sucedería en la noche y el asintió con la cabeza. Antes de acostarse, Fito sintió unos ruidos en la puerta y en las ventanas. Advirtió que estaban cubriéndolas por fuera con gruesas maderas y sintió un fuerte olor a nafta. Oyó vidrios romperse y vio botellas de nafta que se colaban por huecos en las ventanas. La casa entera comenzó a incendiarse. Escuchó como la gente reía y lo insultaba. Zulema se aferró a él y ambos intentaron buscar una salida antes de tragar demasiado humo pero no pudieron salir. Lo último que hizo Don Fito fue sujetar fuerte las manos de su esposa y contarle su sueño, eso que lo asusto tanto, el último…
A la mañana siguiente el incendio en la casa de Don Fito no fue noticia comparado al paso de un feroz huracán que destrozó todo a su paso. El pueblo entero quedo hecho trizas y decenas de personas murieron. La fatal inundación dejó la zona inhabitable por mucho tiempo. Pasaron varios años para que olvidaran lo sucedido esa madrugada donde la tormenta hizo de las suyas.
Cuando los nuevos habitantes observan los escombros que fueron la casa de Don Fito culpan al huracán pero los que conocen la historia dicen que no fue el huracán, fueron los sueños
… 

Nestor Ortiz.-

miércoles, 15 de junio de 2011

El desierto de Horacio Quiroga

La canoa se deslizaba costeando el bosque, o lo que podía parecer bosque en aquella oscuridad. Más por instinto que por indicio alguno Subercasaux sentía su proximidad, pues las tinieblas eran un solo bloque infranqueable, que comenzaban en las manos del remero y subían hasta el cenit. El hombre conocía bastante bien su río, para no ignorar dónde se hallaba; pero en tal noche y bajo amenaza de lluvia, era muy distinto atracar entre tacuaras punzantes o pajonales podridos, que en su propio puertito. Y Subercasaux no iba solo en la canoa.
La atmósfera estaba cargada a un grado asfixiante. En lado alguno a que se volviera el rostro, se hallaba un poco de aire que respirar. Y en ese momento, claras y distintas, sonaban en la canoa algunas gotas.
Subercasaux alzó los ojos, buscando en vano en el cielo una conmoción luminosa o la fisura de un relámpago. Como en toda la tarde, no se oía tampoco ahora un solo trueno.
-Lluvia para toda la noche -pensó. Y volviéndose a sus acompañantes, que se mantenían mudos en popa:
-Pónganse las capas -dijo brevemente-. Y sujétense bien.
En efecto, la canoa avanzaba ahora doblando las ramas, y dos o tres veces el remo de babor se había deslizado sobre un gajo sumergido. Pero aun a trueque de romper un remo, Subercasaux no perdía contacto con la fronda, pues de apartarse cinco metros de la costa podía cruzar y recruzar toda la noche delante de su puerto, sin lograr verlo.
Bordeando literalmente el bosque a flor de agua, el remero avanzó un rato aún. Las gotas caían ahora más densas, pero también con mayor intermitencia. Cesaban bruscamente, como si hubieran caído no se sabe de dónde. Y recomenzaban otra vez, grandes, aisladas y calientes, para cortarse de nuevo en la misma oscuridad y la misma depresión de atmósfera.
-Sujétense bien -repitió Subercasaux a sus dos acompañantes-. Ya hemos llegado.
En efecto, acababa de entrever la escotadura de su puerto. Con dos vigorosas remadas lanzó la canoa sobre la greda, y mientras sujetaba la embarcación al piquete, sus dos silenciosos acompañantes saltaban a tierra, la que a pesar de la oscuridad se distinguía bien, por hallarse cubierta de miríadas de gusanillos luminosos que hacían ondular el piso con sus fuegos rojos y verdes.
Hasta lo alto de la barranca, que los tres viajeros treparon bajo la lluvia, por fin uniforme y maciza, la arcilla empapada fosforeció. Pero luego las tinieblas los aislaron de nuevo; y entre ellas, la búsqueda del sulky que habían dejado caído sobre las varas.
La frase hecha: "No se ve ni las manos puestas bajo los ojos", es exacta. Y en tales noches, el momentáneo fulgor de un fósforo no tiene otra utilidad que apretar enseguida la tiniebla mareante, hasta hacernos perder el equilibrio.
Hallaron, sin embargo, el sulky, mas no el caballo. Y dejando de guardia junto a una rueda a sus dos acompañantes, que, inmóviles bajo el capuchón caído, crepitaban de lluvia, Subercasaux fue espinándose hasta el fondo de la picada, donde halló a su caballo naturalmente enredado en las riendas.
No había Subercasaux empleado más de veinte minutos en buscar y traer al animal; pero cuando al orientarse en las cercanías del sulky con un:
-¿Están ahí, chiquitos? -oyó:
-Si, piapiá.
Subercasaux se dio por primera vez cuenta exacta, en esa noche, de que los dos compañeros que había abandonado a la noche y a la lluvia eran sus dos hijos, de cinco y seis años, cuyas cabezas no alcanzaban al cubo de la rueda, y que, juntitos y chorreando, esperaban tranquilos a que su padre volviera.
Regresaban por fin a casa, contentos y charlando. Pasados los instantes de inquietud o peligro, la voz de Subercasaux era muy distinta de aquella con que hablaba a sus chiquitos cuando debía dirigirse a ellos como a hombres. Su voz había bajado dos tonos; y nadie hubiera creído allí, al oír la ternura de las voces, que quien reía entonces con las criaturas era el mismo hombre de acento duro y breve de media hora antes. Y quienes en verdad dialogaban ahora eran Subercasaux y su chica, pues el varoncito -el menor- se había dormido en las rodillas del padre.

Subercasaux se levantaba generalmente al aclarar; y aunque lo hacía sin ruido, sabía bien que en el cuarto inmediato su chico, tan madrugador como él, hacía rato que estaba con los ojos abiertos esperando sentir a su padre para levantarse. Y comenzaba entonces la invariable fórmula de saludo matinal de uno a otro cuarto:
-¡Buen día, piapiá!
-¡Buen día, mi hijito querido!
-¡Buen día, piapiacito adorado!
-¡Buen día, corderito sin mancha!
-¡Buen día, ratoncito sin cola!
-¡Coaticito mío!
-¡Piapiá tatucito!
-¡Carita de gato!
-¡Colita de víbora!
Y en este pintoresco estilo, un buen rato más. Hasta que, ya vestidos, se iban a tomar café bajo las palmeras en tanto que la mujercita continuaba durmiendo como una piedra, hasta que el sol en la cara la despertaba.
Subercasaux, con sus dos chiquitos, hechura suya en sentimientos y educación, se consideraba el padre más feliz de la tierra. Pero lo había conseguido a costa de dolores más duros de los que suelen conocer los hombres casados.
Bruscamente, como sobrevienen las cosas que no se conciben por su aterradora injusticia, Subercasaux perdió a su mujer. Quedó de pronto solo, con dos criaturas que apenas lo conocían, y en la misma casa por él construida y por ella arreglada, donde cada clavo y cada pincelada en la pared eran un agudo recuerdo de compartida felicidad.
Supo al día siguiente al abrir por casualidad el ropero, lo que es ver de golpe la ropa blanca de su mujer ya enterrada; y colgado, el vestido que ella no tuvo tiempo de estrenar.
Conoció la necesidad perentoria y fatal, si se quiere seguir viviendo, de destruir hasta el último rastro del pasado, cuando quemó con los ojos fijos y secos las cartas por él escritas a su mujer, y que ella guardaba desde novia con más amor que sus trajes de ciudad. Y esa misma tarde supo, por fin, lo que es retener en los brazos, deshecho al fin de sollozos, a una criatura que pugna por desasirse para ir a jugar con el chico de la cocinera.
Duro, terriblemente duro aquello... Pero ahora reía con sus dos cachorros que formaban con él una sola persona, dado el modo curioso como Subercasaux educaba a sus hijos.
Las criaturas, en efecto, no temían a la oscuridad, ni a la soledad, ni a nada de lo que constituye el terror de los bebés criados entre las polleras de la madre. Más de una vez, la noche cayó sin que Subercasaux hubiera vuelto del río, y las criaturas encendieron el farol de viento a esperarlo sin inquietud. O se despertaban solos en medio de una furiosa tormenta que los enceguecía a través de los vidrios, para volverse a dormir enseguida, seguros y confiados en el regreso de papá.
No temían a nada, sino a lo que su padre les advertía debían temer; y en primer grado, naturalmente, figuraban las víboras. Aunque libres, respirando salud y deteniéndose a mirarlo todo con sus grandes ojos de cachorros alegres, no hubieran sabido qué hacer un instante sin la compañía del padre. Pero si éste, al salir, les advertía que iba a estar tal tiempo ausente, los chicos se quedaban entonces contentos a jugar entre ellos. De igual modo, si en sus mutuas y largas andanzas por el monte o el río, Subercasaux debía alejarse minutos u horas, ellos improvisaban enseguida un juego, y lo aguardaban indefectiblemente en el mismo lugar, pagando así, con ciega y alegre obediencia, la confianza que en ellos depositaba su padre.
Galopaban a caballo por su cuenta, y esto desde que el varoncito tenía cuatro años. Conocían perfectamente -como toda criatura libre- el alcance de sus fuerzas, y jamás lo sobrepasaban. Llegaban a veces, solos, hasta el Yabebirí, al acantilado de arenisca rosa.
-Cerciórense bien del terreno, y siéntense después -les había dicho su padre.
El acantilado se alza perpendicular a veinte metros de un agua profunda y umbría que refresca las grietas de su base. Allá arriba, diminutos, los chicos de Subercasaux se aproximaban tanteando las piedras con el pie. Y seguros, por fin, se sentaban a dejar jugar las sandalias sobre el abismo.
Naturalmente, todo esto lo había conquistado Subercasaux en etapas sucesivas y con las correspondientes angustias.
-Un día se mata un chico -decíase-. Y por el resto de mis días pasaré preguntándome si tenía razón al educarlos así.
Sí, tenía razón. Y entre los escasos consuelos de un padre que queda solo con huérfanos, es el más grande el de poder educar a los hijos de acuerdo con una sola línea de carácter.
Subercasaux era, pues, feliz, y las criaturas sentíanse entrañablemente ligadas a aquel hombrón que jugaba horas enteras con ellos, les enseñaba a leer en el suelo con grandes letras rojas y pesadas de minio y les cosía las rasgaduras de sus bombachas con sus tremendas manos endurecidas.
De coser bolsas en el Chaco, cuando fue allá plantador de algodón, Subercasaux había conservado la costumbre y el gusto de coser. Cosía su ropa, la de sus chicos, las fundas del revólver, las velas de su canoa, todo con hilo de zapatero y a puntada por nudo. De modo que sus camisas podían abrirse por cualquier parte menos donde él había puesto su hilo encerado.
En punto a juegos, las criaturas estaban acordes en reconocer en su padre a un maestro, particularmente en su modo de correr en cuatro patas, tan extraordinario que los hacía enseguida gritar de risa.
Como, a más de sus ocupaciones fijas, Subercasaux tenía inquietudes experimentales, que cada tres meses cambiaban de rumbo, sus hijos, constantemente a su lado, conocían una porción de cosas que no es habitual conozcan las criaturas de esa edad. Habían visto -y ayudado a veces- a disecar animales, fabricar creolina, extraer caucho del monte para pegar sus impermeables; habían visto teñir las camisas de su padre de todos los colores, construir palancas de ocho mil kilos para estudiar cementos; fabricar superfosfatos, vino de naranja, secadoras de tipo Mayfarth, y tender, desde el monte al bungalow, un alambre carril suspendido a diez metros del suelo, por cuyas vagonetas los chicos bajaban volando hasta la casa.
Por aquel tiempo había llamado la atención de Subercasaux un yacimiento o filón de arcilla blanca que la última gran bajada del Yabebirí dejara a descubierto. Del estudio de dicha arcilla había pasado a las otras del país, que cocía en sus hornos de cerámica -naturalmente, construido por él-. Y si había de buscar índices de cocción, vitrificación y demás, con muestras amorfas, prefería ensayar con cacharros, caretas y animales fantásticos, en todo lo cual sus chicos lo ayudaban con gran éxito.
De noche, y en las tardes muy oscuras del temporal, entraba la fábrica en gran movimiento. Subercasaux encendía temprano el horno, y los ensayistas, encogidos por el frío y restregándose las manos, sentábanse a su calor a modelar.
Pero el horno chico de Subercasaux levantaba fácilmente mil grados en dos horas, y cada vez que a este punto se abría su puerta para alimentarlo, partía del hogar albeante un verdadero golpe de fuego que quemaba las pestañas. Por lo cual los ceramistas retirábanse a un extremo del taller, hasta que el viento helado que filtraba silbando por entre las tacuaras de la pared los llevaba otra vez, con mesa y todo, a caldearse de espaldas al horno.
Salvo las piernas desnudas de los chicos, que eran las que recibían ahora las bocanadas de fuego, todo marchaba bien. Subercasaux sentía debilidad por los cacharros prehistóricos; la nena modelaba de preferencia sombreros de fantasía, y el varoncito hacía, indefectiblemente, víboras.
A veces, sin embargo, el ronquido monótono del horno no los animaba bastante, y recurrían entonces al gramófono, que tenía los mismos discos desde que Subercasaux se casó y que los chicos habían aporreado con toda clase de púas, clavos, tacuaras y espinas que ellos mismos aguzaban. Cada uno se encargaba por turno de administrar la máquina, lo cual consistía en cambiar automáticamente de disco sin levantar siquiera los ojos de la arcilla y reanudar enseguida el trabajo. Cuando habían pasado todos los discos, tocaba a otro el turno de repetir exactamente lo mismo. No oían ya la música, por resaberla de memoria; pero les entretenía el ruido.
A la diez los ceramistas daban por terminada su tarea y se levantaban a proceder por primera vez al examen crítico de sus obras de arte, pues antes de haber concluido todos no se permitía el menor comentario. Y era de ver, entonces, el alborozo ante las fantasías ornamentales de la mujercita y el entusiasmo que levantaba la obstinada colección de víboras del nene. Tras lo cual Subercasaux extinguía el fuego del horno, y todos de la mano atravesaban corriendo la noche helada hasta su casa.

Tres días después del paseo nocturno que hemos contado, Subercasaux quedó sin sirvienta; y este incidente, ligero y sin consecuencias en cualquier otra parte, modificó hasta el extremo la vida de los tres desterrados.
En los primeros momentos de su soledad, Subercasaux había contado para criar a sus hijos con la ayuda de una excelente mujer, la misma cocinera que lloró y halló la casa demasiado sola a la muerte de su señora.
Al mes siguiente se fue, y Subercasaux pasó todas las penas para reemplazarla con tres o cuatro hoscas muchachas arrancadas al monte y que sólo se quedaban tres días por hallar demasiado duro el carácter del patrón.
Subercasaux, en efecto, tenía alguna culpa y lo reconocía. Hablaba con las muchachas apenas lo necesario para hacerse entender; y lo que decía tenía precisión y lógica demasiado masculinas. Al barrer aquéllas el comedor, por ejemplo, les advertía que barrieran también alrededor de cada pata de la mesa. Y esto, expresado brevemente, exasperaba y cansaba a las muchachas.
Por el espacio de tres meses no pudo obtener siquiera una chica que le lavara los platos. Y en estos tres meses Subercasaux aprendió algo más que a bañar a sus chicos.
Aprendió, no a cocinar, porque ya lo sabía, sino a fregar ollas con la misma arena del patio, en cuclillas y al viento helado, que le amorataba las manos. Aprendió a interrumpir a cada instante sus trabajos para correr a retirar la leche del fuego o abrir el horno humeante, y aprendió también a traer de noche tres baldes de agua del pozo -ni uno menos- para lavar su vajilla.
Este problema de los tres baldes ineludibles constituyó una de sus pesadillas, y tardó un mes en darse cuenta de que le eran indispensables. En los primeros días, naturalmente, había aplazado la limpieza de ollas y platos, que amontonaba uno al lado de otro en el suelo, para limpiarlos todos juntos. Pero después de perder una mañana entera en cuclillas raspando cacerolas quemadas (todas se quemaban), optó por cocinar-comer-fregar, tres sucesivas cosas cuyo deleite tampoco conocen los hombres casados.
No le quedaba, en verdad, tiempo para nada, máxime en los breves días de invierno. Subercasaux había confiado a los chicos el arreglo de las dos piezas, que ellos desempeñaban bien que mal. Pero no se sentía él mismo con ánimo suficiente para barrer el patio, tarea científica, radial, circular y exclusivamente femenina, que, a pesar de saberla Subercasaux base del bienestar en los ranchos del monte, sobrepasaba su paciencia.
En esa suelta arena sin remover, convertida en laboratorio de cultivo por el tiempo cruzado de lluvias y sol ardiente, los piques se propagaron de tal modo que se los veía trepar por los pies descalzos de los chicos. Subercasaux, aunque siempre de stromboot, pagaba pesado tributo a los piques. Y rengo casi siempre, debía pasar una hora entera después de almorzar con los pies de su chico entre las manos, en el corredor y salpicado de lluvia o en el patio cegado por el sol. Cuando concluía con el varoncito, le tocaba el turno a sí mismo; y al incorporarse por fin, curvaturado, el nene lo llamaba porque tres nuevos piques le habían taladrado a medias la piel de los pies.
La mujercita parecía inmune, por ventura; no había modo de que sus uñitas tentaran a los piques, de diez de los cuales siete correspondían de derecho al nene y sólo tres a su padre. Pero estos tres resultaban excesivos para un hombre cuyos pies eran el resorte de su vida montés.
Los piques son, por lo general, más inofensivos que las víboras, las uras y los mismos barigüis. Caminan empinados por la piel, y de pronto la perforan con gran rapidez, llegan a la carne viva, donde fabrican una bolsita que llenan de huevos. Ni la extracción del pique o la nidada suelen ser molestas, ni sus heridas se echan a perder más de lo necesario. Pero de cien piques limpios hay uno que aporta una infección, y cuidado entonces con ella.
Subercasaux no lograba reducir una que tenía en un dedo, en el insignificante meñique del pie derecho. De un agujerillo rosa había llegado a una grieta tumefacta y dolorosísima, que bordeaba la uña. Yodo, bicloruro, agua oxigenada, formol, nada había dejado de probar. Se calzaba, sin embargo, pero no salía de casa, y sus inacabables fatigas de monte se reducían ahora, en las tardes de lluvia, a lentos y taciturnos paseos alrededor del patio, cuando al entrar el sol el cielo se despejaba y el bosque, recortado a contraluz como sombra chinesca, se aproximaba en el aire purísimo hasta tocar los mismos ojos.
Subercasaux reconocía que en otras condiciones de vida habría logrado vencer la infección, la que sólo pedía un poco de descanso. El herido dormía mal, agitado por escalofríos y vivos dolores en las altas horas. Al rayar el día, caía por fin en un sueño pesadísimo, y en ese momento hubiera dado cualquier cosa por quedar en cama hasta las ocho siquiera. Pero el nene seguía en invierno tan madrugador como en verano, y Subercasaux se levantaba achuchado a encender el primus y preparar el café. Luego el almuerzo, el restregar ollas. Y por diversión, al mediodía, la inacabable historia de los piques de su chico.
-Esto no puede continuar así -acabó por decirse Subercasaux-. Tengo que conseguir a toda costa una muchacha.
Pero ¿cómo? Durante sus años de casado esta terrible preocupación de la sirvienta había constituido una de sus angustias periódicas. Las muchachas llegaban y se iban, como lo hemos dicho, sin decir por qué, y esto cuando había una dueña de casa. Subercasaux abandonaba todos sus trabajos y por tres días no bajaba del caballo, galopando por las picadas desde Apariciocué a San Ignacio, tras de la más inútil muchacha que quisiera lavar los pañales. Un mediodía, por fin, Subercasaux desembocaba del monte con una aureola de tábanos en la cabeza y el pescuezo del caballo deshilado en sangre; pero triunfante. La muchacha llegaba al día siguiente en ancas de su padre, con un atado; y al mes justo se iba con el mismo atado, a pie. Y Subercasaux dejaba otra vez el machete o la azada para ir a buscar su caballo, que ya sudaba al sol sin moverse.
Malas aventuras aquellas, que le habían dejado un amargo sabor y que debían comenzar otra vez. ¿Pero hacia dónde?
Subercasaux había ya oído en sus noches de insomnio el tronido lejano del bosque, abatido por la lluvia. La primavera suele ser seca en Misiones, y muy lluvioso el invierno. Pero cuando el régimen se invierte -y de esperar en el clima de Misiones-, las nubes precipitan en tres meses un metro de agua, de los mil quinientos milímetros que deben caer en el año.
Hallábanse ya casi sitiados. El Horqueta, que corta el camino hacia la costa del Paraná, no ofrecía entonces puente alguno y sólo daba paso en el vado carretero, donde el agua caía en espumoso rápido sobre piedras redondas y movedizas, que los caballos pisaban estremecidos. Esto, en tiempos normales; porque cuando el riacho se ponía a recoger las aguas de siete días de temporal, el vado quedaba sumergido bajo cuatro metros de agua veloz, estirada en hondas líneas que se cortaban y enroscaban de pronto en un remolino. Y los pobladores del Yabebirí, detenidos a caballo ante el pajonal inundado, miraban pasar venados muertos, que iban girando sobre sí mismos. Y así por diez o quince días.
El Horqueta daba aún paso cuando Subercasaux se decidió a salir; pero en su estado, no se atrevía a recorrer a caballo tal distancia. Y en el fondo, hacia el arroyo del Cazador, ¿qué podía hallar?
Recordó entonces a un muchachón que había tenido una vez, listo y trabajador como pocos, quien le había manifestado riendo, el mismo día de llegar, y mientras fregaba una sartén en el suelo, que él se quedaría un mes, porque su patrón lo necesitaba; pero ni un día más, porque ese no era un trabajo para hombres. El muchacho vivía en la boca del Yabebirí, frente a la isla del Toro; lo cual representaba un serio viaje, porque si el Yabebirí se desciende y se remonta jugando, ocho horas continuas de remo aplastan los dedos de cualquiera que ya no está en tren.
Subercasaux se decidió, sin embargo. Y a pesar del tiempo amenazante, fue con sus chicos hasta el río, con el aire feliz de quien ve por fin el cielo abierto. Las criaturas besaban a cada instante la mano de su padre, como era hábito en ellos cuando estaban muy contentos. A pesar de sus pies y el resto, Subercasaux conservaba todo su ánimo para sus hijos; pero para éstos era cosa muy distinta atravesar con su piapiá el monte enjambrado de sorpresas y correr luego descalzos a lo largo de la costa, sobre el barro caliente y elástico del Yabebirí.
Allí les esperaba lo ya previsto: la canoa llena de agua, que fue preciso desagotar con el achicador habitual y con los mates guardabichos que los chicos llevaban siempre en bandolera cuando iban al monte.
La esperanza de Subercasaux era tan grande que no se inquietó lo necesario ante el aspecto equívoco del agua enturbiada, en un río que habitualmente da fondo claro a los ojos hasta dos metros.
-Las lluvias -pensó- no se han obstinado aún con el sudeste... Tardará un día o dos en crecer.
Prosiguieron trabajando. Metidos en el agua a ambos lados de la canoa, baldeaban de firme. Subercasaux, en un principio, no se había atrevido a quitarse las botas, que el lodo profundo retenía al punto de ocasionarle buenos dolores al arrancar el pie. Descalzose, por fin, y con los pies libres y hundidos como cuñas en el barro pestilente, concluyó de agotar la canoa, la dio vuelta y le limpió los fondos, todo en dos horas de febril actividad. (...)...

Walter Diaz

domingo, 5 de junio de 2011

"Cuento de horror" de Marco Denevi




La señora Smithson, de Londres (estas historias siempre ocurren entre ingleses) resolvió matar a su marido, no por nada sino porque estaba harta de él después de cincuenta años de matrimonio. Se lo dijo:
-Thaddeus, voy a matarte.
-Bromeas, Euphemia -se rió el infeliz.
-¿Cuándo he bromeado yo?
-Nunca, es verdad.
-¿Por qué habría de bromear ahora y justamente en un asunto tan serio?
-¿Y cómo me matarás? -siguió riendo Thaddeus Smithson.
-Todavía no lo sé. Quizá poniéndote todos los días una pequeña dosis de arsénico en la comida. Quizás aflojando una pieza en el motor del automóvil. O te haré rodar por la escalera, aprovecharé cuando estés dormido para aplastarte el cráneo con un candelabro de plata, conectaré a la bañera un cable de electricidad. Ya veremos.
El señor Smithson comprendió que su mujer no bromeaba. Perdió el sueño y el apetito. Enfermó del corazón, del sisema nervioso y de la cabeza. Seis meses después falleció. Euphemia Smithson, que era una mujer piadosa, le agradeció a Dios haberla librado de ser una asesina.

"La inmolación por la belleza" de Marco Denevi



El erizo era feo y lo sabía. Por eso vivía en sitios apartados, en matorrales sombríos, sin hablar con nadie, siempre solitario y taciturno, siempre triste, él, que en realidad tenía un carácter alegre y gustaba de la compañía de los demás. Sólo se atrevía a salir a altas horas de la noche y, si entonces oía pasos, rápidamente erizaba sus púas y se convertía en una bola para ocultar su rubor.
Una vez alguien encontró una esfera híspida, ese tremendo alfiletero. En lugar de rociarlo con agua o arrojarle humo -como aconsejan los libros de zoología-, tomó una sarta de perlas, un racimo de uvas de cristal, piedras preciosas, o quizá falsas, cascabeles, dos o tres lentejuelas, varias luciérnagas, un dije de oro, flores de nácar y de terciopelo, mariposas artificiales, un coral, una pluma y un botón, y los fue enhebrando en cada una de las agujas del erizo, hasta transformar a aquella criatura desagradable en un animal fabuloso.
Todos acudieron a contemplarlo. Según quién lo mirase, semejaba la corona de un emperador bizantino, un fragmento de la cola del Pájaro Roc o, si las luciérnagas se encendían, el fanal de una góndola empavesada para la fiesta del Bucentauro, o, si lo miraba algún envidioso, un bufón.
El erizo escuchaba las voces, las exclamaciones, los aplausos, y lloraba de felicidad. Pero no se atrevía a moverse por temor de que se le desprendiera aquel ropaje miliunanochesco. Así permaneció durante todo el verano. Cuando llegaron los primeros fríos, había muerto de hambre y de sed. Pero seguía hermoso.

jueves, 2 de junio de 2011

LOS OJOS DE CELINA


En la tarde blanca de calor, los ojos de Celina me parecieron dos pozos de agua fresca. No me retiré de su lado, como si en medio del algodonal quemado por el sol hubiese encontrado la sombra de un sauce. Pero mi madre opinó lo contrario: "Ella te buscó, la sinvergüenza."Estas fueron sus palabras. Como siempre no me atreví a contradecirle, pero si mal no recuerdo fui yo quien se quedó al lado de Celina con ganas de mirarla a cada rato. Desde ese día la ayudé en la cosecha, y tampoco esto le pareció bien a mi madre, acostumbrada como estaba a los modos que nos enseñó en la familia. Es decir, trabajar duro y seguido, sin pensar en otra cosa. Y lo que ganábamos era para mamá, sin quedarnos con un solo peso. Siempre fue la vieja quien resolvió todos los gastos de la casa y de nosotros.
Mi hermano se casó antes que yo, porque era el mayor y también porque la Roberta parecía trabajadora y callada como una mula. No se metió en las cosas de la familia y todo siguió como antes. Al poco tiempo ni nos acordábamos que había una extraña en la casa. En cambio con Celina fue diferente. Parecía delicada y no resultó muy buena para el trabajo. Por eso mi mamá le mandaba hacer los trabajos más pesados del campo, para ver si aprendía de una vez.
Para peor a Celina se le ocurrió que como ya estábamos casados, podíamos hacer rancho aparte y quedarme con mi plata. Yo le dije que por nada del mundo le haría eso a mamá. Quiso la mala suerte que la vieja supiera la idea de Celma. La trató de loca y nunca la perdonó. A mí me dio mucha vergüenza que mi mujer pensara en forma distinta que todos nosotros. Y me dolió ver quejosa a mi madre. Me reprochó que yo mismo ya no trabajaba como antes, y era la pura verdad. Lo cierto es que pasaba mucho tiempo al lado de Ceima. La pobre adelgazaba día a día, pero en cambio se le agrandaban los ojos. Y eso justamente me gustaba: sus ojos grandes. Nunca me cansé de mirárselos.
Paso otro año y eso empeoró. La Roberta trabajaba en sel campo como una burra y tuvo su segundo hijo. Mamá parecía contenta, porque igual que ella, la Roberta paría machitos para el trabajo. En cambio con Celina no tuvimos hijos, ni siquiera una nena. No me hacían falta, pero mi madre nos criticaba. Nunca me atreví a contradecirle, y menos cuando estaba enojada, como ocurrió esa vez que nos reunió a los dos hijos para decirnos que Celina debía dejar de joder en la casa y que de eso se encargaría ella. Después se quedó hablando con mi hermano y esto me dio mucha pena, porque ya no era como antes, cuando todo lo resolvíamos juntos. Ahora solamente se entendían mi madre y mi hermano. Al atardecer los vi partir en el sulky con una olla y una arpillera. Pensé que iban a buscar un yuyo o un gualicho en el monte para arreglar a Celina. No me atreví a preguntarle nada. Siempre me dio miedo ver enojada a mamá.
Al día siguiente mi madre nos avisó que el domingo saldríamos de paseo al río. Jamás se mostró amiga de pasear los domingos o cualquier otro día, porque nunca faltó trabajo en casa o en el campo. Pero lo que más me extranó fue que ordenó a Celina que viniese con nosotros, mientras Roberta debía quedarse a cuidar la casa y los chicos.
Ese domingo me acordé de los tiempos viejos, cuando éramos muchachitos. Mi madre parecía alegre y más joven. Preparó la comida para el paseo y enganchó el caballo al sulky. Después nos llevó hasta el recodo del río.
Era mediodía y hacía un calor de horno. Mi madre le dijo a Celina que fuese a enterrar la damajuana de vino en la arena húmeda. Le dio también la olla envuelta en arpillera:
—Esto lo abrís en el río. Lavá bien los tomates que hay adentro para la ensalada.
Quedamos solos y como siempre sin saber qué decirnos. De repente sentí un grito de Celina que me puso los pelos de punta. Después mellamó con un grito largo de animal perdido. Quise correr hacia allí, pero pensé en brujerías y me entró un gran miedo. Además mi madre me dijo que no me moviera de allí.
Celina llegó tambaleándose como si ella sola hubiese chupado todo el vino que llevó a refrescar al río. No hizo otra cosa que mirarme muy adentro con esos ojos que tenía y cayó al suelo. Mi madre se agachó y miró cuidadosamente el cuerpo de Celina. Señaló:
—Ahí abajo del codo.
—Mismito allí picó la yarará —dijo mi hermano.
Observaban con ojos de entendidos. Celina abrió los ojos y volvió a mirarme.
—Una víbora —tartamudeó—. Había una víbora en la olla.
Miré a mi madre y entonces ella se puso un dedo en la frente para dar a entender que Celina estaba loca. Lo cierto es que no parecía en su sano juicio: le temblaba la voz y no terminaba las palabras, como un borracho de lengua de trapo.
Quise apretarle el brazo para que no corriese el veneno, pero mi madre dijo que ya era demasiado tarde y no me atreví a contradecirle. Entonces dije que debíamos llevarla al pueblo en el sulky. Mi madre no me contestó. Apretaba los labios y comprendí que se estaba enojando. Celina volvió a abrir los ojos y buscó mi mirada. Trató de incorporarse. A todos se nos ocurrió que el veneno no era suficientemente fuerte. Entonces mi madre me agarró del brazo.
—Eso se arregla de un solo modo —me dijo—. Vamos a hacerla correr.
Mi hermano me ayudó a levantarla del suelo. Le dijimos que debía correr para sanarse. En verdad es difícil que alguien se cure en esta forma: al correr, el veneno resulta peor y más rápido. Pero no me atreví a discutirle a mamá y Celma no parecía comprender gran cosa. Solamente tenía ojos —¡qué ojos!— para mirarme, y me hacía sí con la cabeza porque ya no podía mover la lengua.
Entonces subimos al sulky y comenzmios a andar de vuelta a casa. Celina apenas si podía mover las piernas, no sé si por el veneno o el miedo de morir. Se le agrandaban más los ojos y no me quitaba la mirada, como si fuera de mí no existiese otra cosa en el mundo. Yo iba en el sulky y le abría los brazos como cuando se enseña a andar a una criatura, y ella también me abría los brazos, tambaleándose como un borracho. De repente el veneno le llegó al corazón y cayó en la tierra como un pajarito.
La velamos en casa y al día siguiente la enterramos en el campo. Mi madre fue al pueblo para informar sobre el accidente. La vida continuó parecida a siempre, hasta que una tarde llegó el comisario de Chañaral con dos milicos y nos llevaron al pueblo, y después a la cárcel de Resistencia.
Dicen que fue la Roberta quien contó en el pueblo la historia de la víbora en la olla. ¡Y la creímos tan callada como una mula! Siempre se hizo la mosquita muerta y al final se quedó con la casa, el sulky y lo demás.
Lo que sentimos de veras con mi hermano fue separamos de la vieja, cuando la llevaron para siempre a la cárcel de mujeres. Pero la verdad es que no me siento tan mal. En la penitenciería se trabaja menos y se come mejor que en el campo. Solamente que quisiera olvidar alguna noche los ojos de Celina cuando corría detrás del sulky.

BERNARDO KORDON

Enrique Antonela.-