PROMO 12

PROMO 12
No hay nada imposible, porque los sueños de ayer son las esperanzas de hoy y pueden convertirse en realidad mañana.

lunes, 1 de agosto de 2011

FRUTO DEL TRÓPICO DE JUANA DE IBARBOUROU

Es un coco,
Tiene cáscara oscura y el exterior es áspero,
Mas, cuando la corteza se ha roto,
la carne, casta y firme, parece raso.

Cruzó el mar para mi. Un jadeante navío
 me lo trajo del brujo Brasil deslumbrador

Cuando hundo los dientes en su pulpa compacta,
me parece que bebo agua del Amazonas
y muerdo el sol.

Todo el trópico de oro, de escarlata, de añil,
le dio zumos vitales de materno palmar.
Él ha visto la luna más grande de la tierra
y conoce la luz total.

Conoce la tremendas brasas del mediodía,
los crepúsculos lentos, las vivas madrugadas,
y el olor de las selvas que cabalga en el viento
para encender los sueños y las ansias.

Este día lluvioso, por él, para mi tiene
un intimo resplandor solar.

Mordiendo su carne blanca y prieta
estoy en Pernambuco, en Río o en Pará.

Y esta juventud mía, quieta y reconcentrada,
por él se va, loca, a viajar.

El ensueño la lleva de la mano
más allá del "río como mar"

Duarte Lorena.-

EL VIAJERO DE EMILIA PARDO BAZAN

Fría, glacial era la noche. El viento silbaba medroso y airado, la lluvia caía tenaz, ya en ráfagas, ya en fuertes chaparrones; y las dos o tres veces que Marta se había atrevido a acercarse a su ventana por ver si aplacaba la tempestad, la deslumbró la cárdena luz de un relámpago y la horrorizó el rimbombar del trueno, tan encima de su cabeza, que parecía echar abajo la casa.
Al punto en que con más furia se desencadenaban los elementos, oyó Marta distintamente que llamaban a su puerta, y percibió un acento plañidero y apremiante que la instaba a abrir. Sin duda que la prudencia aconsejaba a Marta desoírlo, pues en noche tan espantosa, cuando ningún vecino honrado se atreve a echarse a la calle, sólo los malhechores y los perdidos libertinos son capaces de arrostrar viento y lluvia en busca de aventuras y presa. Marta debió de haber reflexionado que el que posee un hogar, fuego en él, y a su lado una madre, una hermana, una esposa que le consuele, no sale en el mes de enero y con una tormenta desatada, ni llama a puertas ajenas, ni turba la tranquilidad de las doncellas honestas y recogidas. Mas la reflexión, persona dignísima y muy señora mía, tiene el maldito vicio de llegar retrasada, por lo cual sólo sirve para amargar gustos y adobar remordimientos. La reflexión de Marta se había quedado zaguera, según costumbre, y el impulso de la piedad, el primero que salta en el corazón de la mujer, hizo que la doncella, al través del postigo, preguntase compadecida:
-¿Quién llama?
Voz de tenor dulce y vibrante respondió en tono persuasivo:
-Un viajero.
Y la bienaventurada de Marta, sin meterse en más averiguaciones, quitó la tranca, descorrió el cerrojo y dio vuelta a la llave, movida por el encanto de aquella voz tan vibrante y tan dulce.
Entró el viajero, saludando cortésmente; y sacudiendo con gentil desembarazo el chambergo, cuyas plumas goteaban, y desembozándose la capa, empapada por la lluvia, agradeció la hospitalidad y tomó asiento cerca de la lumbre, bien encendida por Marta. Esta apenas se atrevía a mirarle, porque en aquel punto la consabida tardía reflexión empezaba a hacer de las suyas, y Marta comprendía que dar asilo al primero que llama es ligereza notoria. Con todo, aun sin decidirse a levantar los ojos, vio de soslayo que su huésped era mozo y de buen talle, descolorido, rubio, cara linda y triste, aire de señor, acostumbrado al mando y a ocupar alto puesto. Sintióse Marta encogida y llena de confusión, aunque el viajero se mostraba reconocido y le decía cosas halagüeñas, que por el hechizo de la voz lo parecían más; y a fin de disimular su turbación, se dio prisa a servir la cena y ofrecer al viajero el mejor cuarto de la casa, donde se recogiese a dormir.
Asustada de su propia indiscreta conducta, Marta no pudo conciliar el sueño en toda la noche, esperando con impaciencia que rayase el alba para que se ausentase el huésped. Y sucedió que éste, cuando bajó, ya descansado y sonriente, a tomar el desayuno, nada habló de marcharse, ni tampoco a la hora de comer, ni menos por la tarde; y Marta, entretenida y embelesada con su labia y sus paliques, no tuvo valor para decirle que ella no era mesonera de oficio.
Corrieron semanas, pasaron meses, y en casa de Marta no había más dueño ni más amo que aquel viajero a quien en una noche tempestuosa tuvo la imprevisión de acoger. Él mandaba, y Marta obedecía, sumisa, muda, veloz como el pensamiento.
No creáis por eso que Marta era propiamente feliz. Al contrario, vivía en continua zozobra y pena. He calificado de amo al viajero, y tirano debí llamarle, pues sus caprichos despóticos y su inconstante humor traían a Marta medio loca. Al principio, el viajero parecía obediente, afectuoso, zalamero, humilde; pero fue creciéndose y tomando fueros, hasta no haber quien le soportase. Lo peor de todo era que nunca podía Marta adivinarle el deseo ni precaverle la desazón: sin motivo ni causa, cuando menos debía temerse o esperarse, estaba frenético o contentísimo, pasando, en menos que se dice, del enojo al halago y de la risa a la rabia. Padecía arrebatos de furor y berrinches injustos e insensatos, que a los dos minutos se convertían en transportes de cariño y en placideces angelicales; ya se emperraba como un chico, ya se desesperaba como un hombre; ya hartaba a Marta de improperios, ya le prodigaba los nombres más dulces y las ternezas más rendidas.
Sus extravagancias eran a veces tan insufribles, que Marta, con los nervios de punta, el alma de través y el corazón a dos dedos de la boca, maldecía el fatal momento en que dio acogida a su terrible huésped. Lo malo es que cuando justamente Marta, apurada la paciencia, iba a saltar y a sacudir el yugo, no parece sino que él lo adivinaba, y pedía perdón con una sinceridad y una gracia de chiquillo, por lo cual Marta no sólo olvidaba instantáneamente sus agravios, sino que, por el exquisito goce de perdonar, sufriría tres veces las pasadas desazones.
¡Que en olvido las tenía puestas.... cuando el huésped, a medias palabras y con precauciones y rodeos, anunció que «ya» había llegado la ocasión de su partida! Marta se quedó de mármol, y las lágrimas lentas que le arrancó la desesperación cayeron sobre las manos del viajero, que sonreía tristemente y murmuraba en voz baja frasecitas consoladoras, promesas de escribir, de volver, de recordar. Y como Marta, en su amargura, balbucía reproches, el huésped, con aquella voz de tenor dulce y vibrante, alegó por vía de disculpa:
-Bien te dije, niña que soy un viajero. Me detengo, pero no me estaciono; me poso, no me fijo.
Y habéis de saber que sólo al oír esta declaración franca, sólo al sentir que se desgarraban las fibras más íntimas de su ser, conoció la inocentona de Marta que aquel fatal viajero era el Amor, y que había abierto la puerta, sin pensarlo, al dictador cruelísimo del orbe.
Sin hacer caso del llanto de Marta (¡para atender a lagrimitas está él!), sin cuidarse del rastro de pena inextinguible que dejaba en pos de sí, el Amor se fue, embozado en su capa, ladeado el chambergo -cuyas plumas, secas ya, se rizaban y flotaban al viento bizarramente- en busca de nuevos horizontes, a llamar a otras puertas mejor trancadas y defendidas. Y Marta quedó tranquila, dueña de su hogar, libre de sustos, de temores, de alarmas, y entregada a la compañía de la grave y excelente reflexión, que tan bien aconseja, aunque un poquillo tarde. No sabemos lo que habrán platicado; sólo tenemos noticias ciertas de que las noches de tempestad furiosa, cuando el viento silba y la lluvia se estrella contra los vidrios, Marta, apoyando la mano sobre su corazón, que le duele a fuerza de latir apresurado, no cesa de prestar oído, por si llama a la puerta el huésped.

Aubel Cristian.-

LOS ÁRBOLES SON TESOROS DE HONORIA PÉREZ MARÍN

 Son los árboles tesoros 
que en la tierra puso Dios, 
grandes bienes para el hombre 
que para él aseguró. 
Tiene el aire por el árbol 
saludable condición, 
ecos dulces de las aves, 
de las flores grato olor. 
Dan los árboles la fruta, 
dan madera, dan carbón, 
la lluvia fecunda atraen, 
las hojas tapan el sol. 
Debe el niño bien criado 
a los árboles amor, 
defender los brotes nuevos 
y evitar la destrucción 
y así crecerán a un tiempo: 
árbol, niño y los dos 
serán útiles al mundo
 
y tendrán su bendición.

Obregon Noelia.-

MIRANDO POR LA VENTANA DE PEDRO PABLO SACRISTÁN.-

Había una vez un niño que cayó muy enfermo. Tenía que estar todo el día en la cama sin poder moverse. Como además los niños no podían acercarse, sufría mucho por ello, y empezó a dejar pasar los días triste y decaído, mirando el cielo a través de la ventana.
Pasó algún tiempo, cada vez más desanimado, hasta que un día vio una extraña sombra en la ventana: era un pingüino comiendo un bocata de chorizo, que entró a la habitación, le dio las buenas tardes, y se fue. El niño quedó muy extrañado, y aún no sabía qué habría sido aquello, cuando vio aparecer por la misma ventana un mono en pañales inflando un globo. Al principio el niño se preguntaba qué sería aquello, pero al poco, mientras seguían apareciendo personajes locos por aquella extraña ventana, ya no podía dejar de reír, al ver un cerdo tocando la pandereta, un elefante saltando en cama elástica, o un perro con gafas que sólo hablaba de política ...
Aunque por si no le creían no se lo contó a nadie, aquellos personajes terminaron alegrando el espíritu y el cuerpo del niño, y en muy poco tiempo este mejoró notablemente y pudo volver al colegio.
Allí pudo hablar con todos sus amigos, contándoles las cosas tan raras que había visto. Entonces, mientras hablaba con su mejor amigo, vio asomar algo extraño en su mochila. Le preguntó qué era, y tanto le insistió, que finalmente pudo ver el contenido de la mochila:
¡¡allí estaban todos los disfraces que había utilizado su buen amigo para intentar alegrarle!!
Y desde entonces, nuestro niño nunca deja que nadie esté solo y sin sonreír un rato.

Bueno Agustín.-

MALOS VECINOS DE PEDRO PABLO SACRISTÁN.-

Había una vez un hombre que salió un día de su casa para ir al trabajo, y justo al pasar por delante de la puerta de la casa de su vecino, sin darse cuenta se le cayó un papel importante. Su vecino, que miraba por la ventana en ese momento, vio caer el papel, y pensó:
- ¡Qué descarado, el vecino va y tira un papel para ensuciar mi puerta, disimulando descaradamente!
Pero en vez de decirle nada, planeó su venganza, y por la noche vació su papelera junto a la puerta del primer vecino. Este estaba mirando por la ventana en ese momento y cuando recogió los papeles encontró aquel papel tan importante que había perdido y que le había supuesto un problemón aquel día. Estaba roto en mil pedazos, y pensó que su vecino no sólo se lo había robado, sino que además lo había roto y tirado en la puerta de su casa. Pero no quiso decirle nada, y se puso a preparar su venganza. Esa noche llamó a una granja para hacer un pedido de diez cerdos y cien patos, y pidió que los llevaran a la dirección de su vecino, que al día siguiente tuvo un buen problema para tratar de librarse de los animales y sus malos olores. Pero éste, como estaba seguro de que aquello era idea de su vecino, en cuanto se deshizo de los cerdos comenzó a planear su venganza.
Y así, uno y otro siguieron fastidiándose mutuamente, cada vez más exageradamente, y de aquel simple papelito en la puerta llegaron a llamar a una banda de música, o una sirena de bomberos, a estrellar un camión contra la tapia, lanzar una lluvia de piedras contra los cristales, disparar un cañón del ejército y finalmente, una bomba-terremoto que derrumbó las casas de los dos vecinos...
Ambos acabaron en el hospital, y se pasaron una buena temporada compartiendo habitación. Al principio no se dirigían la palabra, pero un día, cansados del silencio, comenzaron a hablar; con el tiempo, se fueron haciendo amigos hasta que finalmente, un día se atrevieron a hablar del incidente del papel. Entonces se dieron cuenta de que todo había sido una coincidencia, y de que si la primera vez hubieran hablado claramente, en lugar de juzgar las malas intenciones de su vecino, se habrían dado cuenta de que todo había ocurrido por casualidad, y ahora los dos tendrían su casa en pie...
Y así fue, hablando, como aquellos dos vecinos terminaron siendo amigos, lo que les fue de gran ayuda para recuperarse de sus heridas y reconstruir sus maltrechas casas.



Bueno Agustin.-

jueves, 14 de julio de 2011

DON FITO DE LUCIANO GOROSITO.-

La primera noche que el viejo Fito despertó sudado y con sus manos inquietas tubo que decir lo que soñó porque sintió que así debía ser. Zulema, su mujer, quiso tranquilizarlo pero fue inútil.
-¡¡¡Se quema la casa del Oscar!!! –dijo Fito sentado en la cama con los ojos salidos de órbita.
Su señora no entendió nada y comenzó a asustarse.
-¿Qué te pasa viejo?
Don Fito, en pijamas, salió corriendo a lo de Oscar que vivía a unas quince cuadras. Para sorpresa de todos los que oyeron los gritos desesperados del viejo, en la casa de Oscar se estaba iniciando un incendio, en la cocina, que gracias a Don Fito pudo ser apagado antes de que llegara a mayores. Todo cambió a partir de ese momento. Los sueños de Fito se repitieron casi todas las noches, después del incendio fue un robo a tres casas de la suya. Fito se despertó sudado, le contó lo que había soñado a su esposa y fue hacia el teléfono dando aviso a la policía que primero no le creyó una palabra, pero después comprobó que unos jóvenes merodeaban una casa con intenciones delictivas.
El pueblo comenzaba a rumorear sobre el extraño poder de Don Fito y ni el ni su mujer pudieron impedir que la gente se acercara a toda hora. Algunos pasaban a saludar y otros a ver si Fito podía tirarles un numerito para la quiniela. Hicieron de él una especie de adivino.
Cada vez que el viejo despertaba a Zulema era para contarle acerca de otro sueño que anticipaba una desgracia. Una noche, Fito dijo que Néstor, el panadero del pueblo, corría peligro de muerte. Lo había soñado reventado dentro de su auto en la ruta luego de chocar con un camión. Y así fue como Zulema avisó por teléfono a Marta, la esposa de Néstor, para que este no usara el coche. Efectivamente, hubo un accidente de transito a la mañana causado por un camión que perdió el control y el panadero salvó su vida. El extraño poder de Don Fito fue tomado como una bendición, sus sueños fueron tema infaltable en todas partes, a toda hora.
Pero no todos los sueños resultaron una bendición. Cuando Don Fito soñó como su mejor amigo moría electrocutado no hubo manera de impedirlo. Zulema se comunicó con la familia pero el tipo había partido temprano hacia su trabajo y para cuando lo encontraron fue tarde. Los hechos desgraciados se repitieron con frecuencia, Zulema escuchaba atentamente el sueño de su marido y ambos buscaban por todos lo medios advertir lo que pasaría solo que a veces era imposible.
Pasaron varias semanas y los sueños de Fito dividieron al pueblo. Estaban quienes lo adoraban y otros que lo maldecían, para muchos el era un mensajero de Satanás. Una noche Don Fito despertó confundido, sin poder recordar su sueño aunque sabia que era espantoso. Por la mañana intento hacer memoria pero no pudo recordar. Estuvo inquieto hasta que comenzada la tarde su memoria recobró fuerza. Le contó a su mujer acerca de como soñó al muchacho de la esquina muriendo de una caída en la calle al amanecer. Zulema supo que era demasiado tarde y acudió con tristeza a la casa del joven. Para su sorpresa estaba sano y salvo almorzando con su madre. Comentó entonces como su marido recordó tarde su sueño y se marcho alegre. Don Fito pensó mucho, pues jamás se había equivocado y llegó a una conclusión; ese había sido el único sueño que no había contado a tiempo. Si callaba sus sueños, tal vez nada sucedería. El pueblo también saco conclusiones y se corrió la noticia de que Don Fito no evitaba desgracias, sino que las causaba. Muchos enfurecieron y hasta se hizo una reunión secreta para hablar del asunto.
Una noche el viejo tuvo otro de sus sueños pero esta vez no dijo nada. Lo que soñó lo asusto muchísimo pero mantuvo el silencio. A la mañana siguiente no le comentó nada a nadie y dejó que viniera la noche. Fue poco lo que cenó y pasó un buen rato comiéndose las uñas. Su mujer le preguntó si aquello sucedería en la noche y el asintió con la cabeza. Antes de acostarse, Fito sintió unos ruidos en la puerta y en las ventanas. Advirtió que estaban cubriéndolas por fuera con gruesas maderas y sintió un fuerte olor a nafta. Oyó vidrios romperse y vio botellas de nafta que se colaban por huecos en las ventanas. La casa entera comenzó a incendiarse. Escuchó como la gente reía y lo insultaba. Zulema se aferró a él y ambos intentaron buscar una salida antes de tragar demasiado humo pero no pudieron salir. Lo último que hizo Don Fito fue sujetar fuerte las manos de su esposa y contarle su sueño, eso que lo asusto tanto, el último…
A la mañana siguiente el incendio en la casa de Don Fito no fue noticia comparado al paso de un feroz huracán que destrozó todo a su paso. El pueblo entero quedo hecho trizas y decenas de personas murieron. La fatal inundación dejó la zona inhabitable por mucho tiempo. Pasaron varios años para que olvidaran lo sucedido esa madrugada donde la tormenta hizo de las suyas.
Cuando los nuevos habitantes observan los escombros que fueron la casa de Don Fito culpan al huracán pero los que conocen la historia dicen que no fue el huracán, fueron los sueños
… 

Nestor Ortiz.-

sábado, 9 de julio de 2011

Gabriel García Márquez

Gabriel José García Márquez  nació en Aracataca (Colombia) en 1928. Cursó estudios secundarios en San José a partir de 1940 y finalizó su bachillerato en el Colegio Liceo de Zipaquirá, el 12 de diciembre de 1946. Se matriculó en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Cartagena el 25 de febrero de 1947, aunque sin mostrar excesivo interés por los estudios. Su amistad con el médico y escritor Manuel Zapata Olivella le permitió acceder al periodismo. Inmediatamente después del "Bogotazo" (el asesinato del dirigente liberal Jorge Eliécer Gaitán en Bogotá, las posteriores manifestaciones y la brutal represión de las mismas), comenzaron sus colaboraciones en el periódico liberal El Universal, que había sido fundado el mes de marzo de ese mismo año por Domingo López Escauriaza.

      Había comenzado su carrera profesional trabajando desde joven para periódicos locales; más tarde residiría en Francia, México y España. En Italia  fue alumno del Centro experimental de cinematografía. Durante su estancia en Sucre (donde había acudido por motivos de salud), entró en contacto con el grupo de intelectuales de Barranquilla, entre los que se contaba Ramón Vinyes, ex propietario de una librería que habría de tener una notable influencia en la vida intelectual de los años 1910-20, y a quien se le conocía con el apodo de "el Catalán" -el mismo que aparecerá en las últimas páginas de la obra más célebre del escritor, Cien años de soledad (1967). Desde 1953 colabora en el periódico de Barranquilla El nacional: sus columnas revelan una constante preocupación expresiva y una acendrada vocación de estilo que refleja, como él mismo confesará, la influencia de las greguerías de Ramón Gómez de la Serna. Su carrera de escritor comenzará con una novela breve, que evidencia la fuerte influencia del escritor norteamericano William Faulkner: La hojarasca (1955). La acción transcurre entre 1903 y 1928 (fecha del nacimiento del autor) en Macondo, mítico y legendario pueblo creado por García Márquez. Tres personajes, representantes de tres generaciones distintas, desatan -cada uno por su cuenta- un monólogo interior centrado en la muerte de un médico que acaba de suicidarse. En el relato aparece la premonitoria figura de un viejo coronel, y "la hojarasca" es el símbolo de la compañía bananera, elementos ambos que serían retomados por el autor en obras sucesivas. 
     
En 1961 publicó El coronel no tiene quien le escriba, relato en que aparecen ya  los temas recurrentes de la lluvia incesante, el coronel abandonado a una soledad devastadora, a penas si compartida por su mujer, un gallo, el recuerdo de un hijo muerto, la añoranza de batallas pasadas y... la miseria. El estilo lacónico, áspero y breve, produce unos resultados sumamente eficaces. En 1962 reúne algunos de sus cuentos -ocho en total- bajo el título de Los funerales de Mamá Grande, y publica su novela La mala hora
     
Pero toda la obra anterior a Cien años de soledad es sólo un acercamiento al proyecto global y mucho más ambicioso que constituirá justamente esa gran novela. En efecto, muchos de los elementos de sus relatos cobran un interés inusitado  al ser integrados en Cien años de soledad. En ella, Márquez edifica y da vida al pueblo mítico de Macondo (y la legendaria estirpe de los Buendía): un territorio imaginario donde lo inverosímil y mágico no es menos real que lo cotidiano y lógico; este es el postulado básico de lo que después sería conocido como realismo mágico. Se ha dicho muchas veces que, en el fondo, se trata de una gran saga americana. Macondo podría representar cualquier pueblo, o mejor, toda Hispanoamérica: a través de la narración, asistimos a su fundación, a su desarrollo, a la explotación bananera norteamericana, a las revoluciones, a las contrarrevoluciones... En suma, una síntesis novelada de la historia de las tierras latinoamericanas. En un plano aún más amplio puede verse como una parábola de cualquier civilización, de su nacimiento a su ocaso. 
     
Tras este libro, el autor publicó la que, en sus propias palabras, constituiría su novela preferida:  El otoño del patriarca (1975), una historia turbia y cargada de tintes visionarios acerca del absurdo periplo de un dictador solitario y grotesco. Albo más tarde,  publicaría los cuentos La increíble historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada (1977), y Crónica de una muerte anunciada (1981), novela breve basada en un suceso real de amor y venganza que adquiere dimensiones de leyenda, gracias a un desarrollo narrativo de una precisión y una intensidad insuperables. Su siguiente gran obra, El amor en los tiempos del cólera, se publicó en 1987: se trata de una historia de amor que atraviesa los tiempos y las edades, retomando el estilo mítico y maravilloso. Una originalísima y gran novela de amor, que revela un profundo conocimiento del corazón humano. Pero es mucho más que eso, debido a la multitud de episodios que se entretejen con la historia central, y en los que brilla hasta lo increíble la imaginación del autor.
     
En 1982 le había sido concedido, no menos que merecidamente, el Premio Nobel de Literatura. Una vez concluida su anterior novela vuelve al reportaje con Miguel Littin, clandestino en Chile (1986), escribe un texto teatral, Diatriba de amor para un hombre sentado (1987), y recupera el tema del dictador latinoamericano en El general en su laberinto (1989), e incluso agrupa algunos relatos desperdigados bajo el título Doce cuentos peregrinos (1992). Nuevamente, en sus últimas obras, podemos apreciar la conjunción de la novela amorosa y sentimental con el reportaje: así en Del amor y otros demonios (1994) y Noticia de un secuestro (1997). Ha publicado también libros de crónicas, guiones cinematográficos y varios volúmenes de recopilación de sus artículos periodísticos: Textos costeños, Entre cachacos, Europa y América y Notas de prensa
     
Recientemente, la editorial Alfaguara ha publicado una completa biografía de Gabriel García Márquez, Viaje a la semilla, de Dasso Saldívar. Finalmente, a quien le interese la voz directa de García Márquez, podrá consultar el libro de entrevistas El olor de la papaya (1982). O, mejor aún, los sucesivos tomos que constituirían la extensa autobiografía del autor, Vivir para contarlo, cuyo ejercicio, según el propio García Márquez constituye, básicamente, una garantía para mantener "el brazo caliente" entre dos  novelas.


Serpa Micaela.-